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Logros y fracasos de Jair Bolsonaro tras un año en el poder

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, en una imagen de archivo tomada el 12 de diciembre de 2019 al salir del palacio Alvorada en Brasilia. Adriano Machado / Reuters

La flexibilización del porte de armas, la reforma a las pensiones, el fracaso en política medioambiental y una fuerte caída en los índices de popularidad, entre otros, marcaron el primer año en el poder de este polémico líder.

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“Estamos terminando 2019 sin ninguna denuncia de corrupción, el mundo volvió a confiar en Brasil y el sesgo ideológico dejó de existir en nuestras relaciones comerciales internacionales”. Este ha sido el balance que el propio Jair Bolsonaro hizo de su primer año al mando de la mayor economía de América Latina, al pronunciar el tradicional mensaje navideño en la televisión. El presidente brasileño, que asumió el cargo el 1 de enero de 2019, destacó también “los números positivos de la economía, el crecimiento del número de turistas, el éxito de sector agropecuario y la libertad económica”.

Sin embargo, esta autoconfianza no queda reflejada en los datos de aprobación, divulgados por la empresa Datafolha. Bolsonaro arrancó su ciclo político con una popularidad del 49%. Hoy solo un 30% de los brasileños considera su gestión muy buena, mientras que el 36% la desaprueba abiertamente. Por su parte, sus acérrimos seguidores cuestionan los resultados de las encuestas oficiales, alegando que están financiadas por grupos hostiles al mandatario de extrema derecha.

Independientemente de su tasa de popularidad, si en algo hay acuerdo entre los analistas políticos es que el primer año de Bolsonaro en el poder ha supuesto una ruptura drástica en la política interna y externa de Brasil. “El presidente sabía que había una expectativa bastante grande de cambios radicales y en algunas áreas los ha implementado. Ahora hay dos cuestiones importantes: si tiene base suficiente para gobernar y si representa una amenaza para la democracia. Ambas respuestas son afirmativas”, señala a France 24 Oliver Stuenkel, profesor adjunto de Relaciones Internacionales en la Fundación Getúlio Vargas (FGV).

“Bolsonaro consiguió aprobar la reforma de las pensiones a pesar de los numerosos obstáculos. Al mismo tiempo, hay una tensión muy grande en el presidente por las limitaciones que la orden democrática impone, no solo el Congreso, sino también en el poder judicial y cualquier institución independiente como la Policía Federal, el Ministerio Público, las universidades y las oenegés. En este primer año ha sido evidente el pulso autoritario del presidente”, agrega este politólogo.

La reforma de las pensiones es, sin duda, el principal logro de Bolsonaro en su primer año de mandato. De hecho, ha sido celebrada como un éxito rotundo tanto por los mercados financieros como por los empresarios internacionales, que se plantean la posibilidad de invertir en el ambicioso paquete de privatizaciones que prepara el ministro de Economía, Paulo Guedes. La recuperación económica, en cambio y, a pesar del tono triunfalista de Bolsonaro, no ha sido tan importante como se esperaba.

La economía brasileña sufrió su mayor recesión histórica en 2015 y 2016, cuando el PIB perdió cerca de 7 puntos porcentuales. En 2017 y 2018 se registró un crecimiento del 1,3 %, algo incluso superior al 1% esperado en el primer año de Bolsonaro. Si es cierto que el desempleo está cayendo, no está tan claro que el tenue incremento del ‘pibiño’, anunciado a bombo y platillo por el Ejecutivo, represente una mejora objetiva de la economía.

“Un crecimiento en torno al 1% equivale a una estagnación, porque corresponde al mismo nivel de crecimiento de la población en Brasil. No existe ningún elemento que indique que Brasil vaya a retomar el crecimiento económico”, analiza con cierto pesimismo Adhemar Mineiro, economista del Departamento Intersindical de Estadística y Estudios Socioeconómicos.

Cabe recordar que a principios de diciembre un editorial del Financial Times cuestionó la veracidad de los datos macroeconómicos ofrecidos por el Ejecutivo brasileño. Paralelamente, el precio de la carne ha registrado un incremento del 4,2%, convirtiendo el tradicional ‘churrasco’ navideño es algo prohibitivo para muchas familias.

“El equipo económico de Bolsonaro continuó un proceso comenzado en 2015 con el Gobierno de Dilma Rousseff, muy preocupada con el corte de gastos. En el fondo, la política económica de Paulo Guedes no se diferencia mucho de lo que hicieron Joaquim Levy y Henrique Meirelles durante los gobiernos de Dilma Rousseff y Michel Temer. La única diferencia es que 2020 es año de elecciones locales y si se liberan algunos recursos a nivel municipal, podrían transformarse en inversiones para capitalizar votos”, agrega este economista.

De momento, Brasil no ha conseguido atraer porciones relevantes de capital extranjero, como quedó patente en la monumental subasta de petróleo realizada el pasado mes de noviembre y presentada como la más grande del mundo.

Las principales petroleras del mundo, con la excepción de la estatal china CNODC, dieron la espalda al Gobierno brasileño. Los altos costes que supone la explotación del presal y las dudas que genera el derecho preferencial de Petrobras para operar cualquier campo petrolífero serían las principales causas de esta resistencia, según los expertos.

“Actualmente hay cierta aversión al riesgo y a las inversiones en países de América Latina que pasan por situaciones complicadas, como Chile, Bolivia, Argentina y Ecuador. La incertidumbre institucional no anima a la inversión. La tendencia es una salida de recursos internacionales, incluso por el temor de que se agudice la crisis internacional y estalle la burbuja financiera internacional”, resume Adhemar Mineiro.

La bajada de un 22% de los homicidios y la concesión de asilo a los refugiados venezolanos, que incluso motivó la felicitación de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), son otros dos aspectos a destacar en el primer año de Bolsonaro.

No obstante, los principales expertos en seguridad consultados señalan que la reducción de la violencia letal no se debe a un programa concreto del Gobierno y sí a la expansión de las milicias y de otros grupos criminales, como ocurrió en Río de Janeiro, donde la profesionalización del crimen organizado acaba reduciendo el número de homicidios para no perjudicar los negocios. “No se puede considerar una reducción estructural permanente. Es más bien una situación transitoria que puede volver a los datos anteriores”, asegura Oliver Stuenkel.

Para este profesor de la FGV, el gran éxito de Bolsonaro es otro. “El presidente consiguió hacer inviable la formación de una oposición, lo que no es necesariamente positivo para Brasil. Bolsonaro es el principal actor a la hora de establecer la agenda política. Controla el debate público por medio de estrategias originales, como hacer anuncios absurdos. De esta forma, deja a la oposición desorientada y sin tiempo para propuestas políticas concretas”, señala.

Entre los fracasos más sonados, hay que citar la política medioambiental y la muy criticada gestión de los incendios en la Amazonía, que incluso causó un enfrentamiento entre Bolsonaro y el presidente francés Emmanuel Macron. Otra marca del nuevo Ejecutivo es el desprecio sistemático de los derechos humanos y de las minorías, que es percibido como un motivo de preocupación por la oposición y por una parte de la comunidad internacional.

Recientemente, el Consejo Nacional de los Derechos Humanos denunció que Bolsonaro y su equipo violaron al menos 36 veces el programa de derechos humanos, instituido por ley en 2009. La fuente principal de las agresiones es achacada al propio presidente, que en sus declaraciones públicas ha atacado en varias ocasiones a la prensa, al Tribunal Supremo y a la Orden de Abogados de Brasil.

La oposición del Congreso al decreto de flexibilización del porte de armas también es considerada un importante revés para el mandatario brasileño, ya que fue una de las promesas estrella en su programa electoral. Al mismo tiempo la lucha contra la corrupción, otro de sus caballos de batalla, ha quedado en algo sin fuerza.

Las declaraciones de Bolsonaro al respecto (“Estamos terminando 2019 sin ninguna denuncia de corrupción”) han sido desmentidas por la realidad. A lo largo del primer año de Gobierno hubo varias denuncias de corrupción dentro del PSL, el partido que llevó Bolsonaro al poder y que ha dejado recientemente con la intención de fundar otro partido.

El quid de la cuestión serían ciertas irregularidades en el uso de los fondos electorales. Precisamente por esta razón el ministro de Turismo, Marcelo Álvaro Antônio, fue indiciado por la Policía Federal y denunciado por la Fiscalía. Tampoco se puede dejar de mencionar la investigación de su primogénito, el senador Flávio Bolsonaro, por un supuesto esquema de asesores fantasma y de desvío de fondos públicos.

Hoy en día es quizás el mayor quebradero de cabeza para la familia Bolsonaro, junto a la Comisión Parlamentaria de Investigación de las ‘fake news’, que intenta establecer si el equipo de Bolsonaro usó noticias falsas de forma masiva durante la campaña electoral para alcanzar la presidencia. Antiguos aliados de Bolsonaro, como el actor porno Alexandre Frota y la diputada Joice Hasselmann, han acusado a los hijos del presidente de comandar una ‘milicia virtual’ que lleva a cabo ataques metódicos contra personas e instituciones a través de las redes sociales.

Hasta ahora Bolsonaro ha negado todas las acusaciones, incluso las que intentan manchar la imagen de su hijo Flávio. Fiel a su hoja de ruta, ha concluido su primer año de mandato concediendo el indulto a los policías que cometieron homicidios involuntarios en el ejercicio de sus funciones.

El decreto también podría beneficiar a los militares que participan en operaciones especiales de seguridad pública, como la que fue establecida por decreto en Río de Janeiro por el expresidente Temer. El actual jefe del Ejecutivo también envió al Congreso un proyecto de ley que permite rescatar los bancos con problemas financieros con dinero público, una medida actualmente prohibida por la Ley de Responsabilidad Fiscal.

“Bolsonaro representa una amenaza al sistema democrático, por ejerce mucha presión sobre la sociedad civil. Esta situación puede empeorar bastante y generar un desgaste político. Vemos muchos retrocesos en el campo de derechos humanos, del medio ambiente, de la ciencias y de la educación. Por todas estas razones, la imagen de Brasil ha empeorado mucho”, concluye Oliver Stuenkel.